
Hay palabras que tranquilizan, VALOR, es una de ellas. Suena noble, técnica, podríamos incluso interpretar que conlleva una sutil adjetivación de justicia. Si bien, en demasiadas ocasiones, dentro del contrato de seguro, no describe la realidad, la maquilla.
Y no, no basta con el consabido: –es que…..siempre se ha hecho así-. No hablamos de tradición, referimos inercia. Una inercia que evita revisar conceptos que, aunque funcionales en su origen, hacia mitad del siglo pasado, hoy generan más confusión que claridad. Porque cuando el siniestro irrumpe, el lenguaje deja de ser accesorio, para convertirse en decisivo.
Valor vs Precio: una confusión interesada ?
Define la RAE el valor en su primera acepción como: el grado de utilidad o aptitud de las cosas para satisfacer necesidades o proporcionar bienestar o deleite. Le otorga, por tanto, un concepto amplio, dinámico, ligado al uso, al contexto, a su estado de conservación y/o mantenimiento, y a la función.
Por su parte, el precio es el coste de adquisición: la cuantía económica desembolsada para obtener un bien.
Hasta aquí, nada controvertido. Parecen claros ambos términos.
En cambio, en el ámbito asegurador, sendos conceptos se entremezclan con una ligereza que no puede tildarse de inocua, representa un verdadero problema. Se adopta un tercer vértice del triángulo imperfecto, la tasación, con objeto de combinarlo al albur de la búsqueda de una lógica-técnica-método, dentro de una misma terminología, que tristemente resulta equivocada.
Valor a nuevo, de reposición, real, pactado, parcial, histórico…….
Quizás, demasiados valores para poca valía?
En el lenguaje asegurador, el valor se multiplica. Se califica, se matiza, se redefine. Valor a nuevo, de reposición, real, pactado, total, parcial, histórico… una constelación que, lejos de aclarar, confunde. Cada uno de estos conceptos tiene su razón de ser, su lógica técnica y su ámbito de aplicación. Si bien, el problema no es la diversidad de criterios, es la ambigüedad con la que se interpretan/aplican. Se habla de valor como si fuera un concepto unívoco, cuando en realidad su representación más fiel obedece a una etiqueta.
Así, el asegurado cree estar protegiendo un valor… cuando en realidad está aceptando una forma concreta —y limitada— de medir el precio.
Distintos conceptos para una única realidad: la pérdida.
Pérdida, siniestro, "puesta de largo" (contrario al parecer de grandes profesionales del sector asegurador, que confío en hacerlos cambiar de parecer), en definitiva, momento en el que el diseño, análisis y capitalización-conceptualización previa se materializa, a través de, un contrato de seguro, llegado el caso; firmado de buena fe por ambas partes, dice la Ley. Las ambigüedades, libres interpretaciones e incluso actuaciones, deben de ser cuanto menos rigurosas y tengo que añadir en este momento, respetuosas. El siniestro debe de dejar de interpretarse como una puesta a prueba para el asegurado, para ningún otro, y tornarse o recobrar el sentido de puesta en servicio de, nada ajeno, lo que se validó para tal fin, el contrato de seguro.
Cada término elegido se somete a un contraste directo con una realidad que, lleva innato un desequilibrio, de diverso orden: económico, estructural, familiar, reputacional, social y por qué no? emocional; en añadido, hoy por hoy, el conceptual.
Porque en el seguro, como en casi todo, no es lo mismo tener muchos “valores”… que tener verdadero valor.